

La puerta se abrió gracias a Zaim, un discípulo recién bautizado y subdirector, quien compartía activamente la Palabra de Dios en su comunidad escolar. Esta conexión llevó a Wajeeh a la casa del director de la escuela, un poderoso funcionario del gobierno, quien buscaba ayuda para su familia, asolada por el conflicto.
El oficial reunió a su familia, que se encontraba en dificultades, incluyendo a un hijo que había sido sorprendido en malas compañías y a una hija que enfrentaba un divorcio. Wajeeh no se centró en sus fracasos; en cambio, compartió la historia de Adán y Eva y continuó explicando cómo Jesús fue enviado para restaurar las relaciones: primero con Dios mediante su sacrificio, y luego entre nosotros mediante el perdón. El perdón sana nuestra relación con Dios y con los demás.
Reconociendo la profunda necesidad espiritual y relacional de ellos, la oficial de alto rango demostró una humildad extraordinaria. Le pidió a Wajeeh que impusiera las manos sobre ella y toda su familia y los bendijera en el nombre de Jesús. Zaim observó con asombro cómo la funcionaria inclinaba la cabeza. La transformación fue inmediata y real: la hija que había estado considerando el divorcio pronto regresó con su esposo. Este milagro ocurrió gracias al sacrificio de Jesús; el perdón siempre es posible, e incluso las familias más destrozadas pueden ser restauradas.




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